Cuando somos niños creemos ciertas cosas, ideamos e imaginamos conceptos que parecen tonterías al crecer pero que es bueno recordar. Fer, mi mejor amigo, creía que se podía caminar sobre la atmósfera de la tierra como si fuera de una enorme esfera de cristal, mi hermana no entendía por qué existían diferentes lenguas en el mundo; y yo, desde que soy niño, visualizo el transcurso de los años como una pista de carreras; un gran óvalo del que se sale cada septiembre y vuelves a la meta justo en el mismo punto, con la diferencia de haber ganado, en el camino, un año más.
El reloj marcaba las 5 de la tarde cuando entré al que parece ser el refugio de muchos en esta ciudad: Starbucks, me acerqué al mostrador y pedí un té; me senté en el más mullido de los sofás y como si estuviera por leer A Moveable Feast de Hemingway, abrí mi GQ con James Franco en la portada,en total serenidad comencé a pasar hoja por hoja la revista; nuevos estilos, algunos reportajes interesantes; y tras una decena de anuncios me topé con uno de Air France, la aerolínea, no la banda; en este, retratado, aparece un hombre desde Trocadero hablando por teléfono celular, luce pleno y feliz, de fondo la espectacular Torre Eiffel ¿Quién no luciría así de pleno y feliz estando ahí? Inmerso en el afiche noté que faltan unos días para llegar al checkpoint de este año: Septiembre, y así como cuando era niño, aun sigue siendo un mes que marca nuevos días.
Desde el último septiembre a la fecha muchas cosas cambiaron, probablemente sea el año de mi revolución, el año en el que le dije adiós a mi vida anterior para saludar a una nueva igual de complicada pero más mía. El afiche de Air France me remontó a una de las noches más extrañas y tristes, pero reveladoras de toda mi vida. "Siempre se está listo para París" dijo mi mamá, una noche antes de que me marchara por unas semanas a Europa con mi hermano y su mejor amigo; París es una de mis ciudades favoritas, no diré que no tenía ganas, pero quizá hubiera preferido irme solo pues en ese momento, hace 5 meses, mi cabeza y corazón estaban más revueltos que nunca antes. Un par de horas más tarde y un océano detrás me separaban de mi casa, de la que quería escapar. Siempre se está listo para París, lo comprobé, aunque nunca tuve duda.
En esos días tenía poco de haber salido del closet con parte de mi familia, tenía opiniones encontradas, por un lado me querían, pero chocaba por completo con lo que, en algún momento, habían soñado que yo sería; tontamente me sentía un franco tirador que había disparado a mi sagrada familia. Pero lo que más le dolía a mi corazón era sentirse completamente roto e incompleto. Los días en la indescriptible París transcurrían tranquilos, aunque recuerdo haberme divertido más cuando era más chico. Así que toda mi estadía hasta el momento había sido completamente amargoso y pesado, por lo que preferían dejarme de hablar y así disfrutar por su parte. Mi hermano, aun cuando me apoya desde el principio tiene cosas que todavía no puede entenderme, sin embargo, en muchas ocasiones en ese viaje intentó acercarse pero de mí solo recibía negativas lo que lo frustraba por completo. Reconozco que no fui el mejor compañero de viaje, prefería poner a todo volumen mi ipod y separarme de mi hermano y su amigo. No podía dejar de estar triste, no podía dejar de pensar en mi casa, pero sobre todo en él, hoy sé que lloré más de lo que debí.
Mi hermano y su amigo iban, según ellos, a conquistar el corazón de las parisinas, mismas que en realidad no los volteaban ni a ver, estaban un poco decepcionados. Todas las noches se ponían más guapos que siempre, y yo en cambio había días que prefería escribir, lo que en ese momento era la versión de este blog, era un poco más rústico y solo contenía dudas y dudas y dudas. Sin embargo una noche como esa decidí acompañarlos, tomamos un Taxi y llegamos hasta Locomotive, un antro que particularmente no me gusta pero que mi hermano no conocía, cerca de la entrada en uno de los postes entre La Loco y Moulin Rouge recuerdo ver una calcomanía que decía Pas Lieu Pour Debutants ou Coeurs Sensibles (No hay paso para inexpertos y corazones sensibles), en ese momento pensé "demonios, hasta aquí me impiden la entrada"
Entramos y en medio de un festival tecno en el que la mayoría de los asistentes eran extranjeros asiáticos decidí salir sin mis acompañantes, tras de mí, pero sin darme cuenta venía mi hermano, fúrico, irreconocible y con mucho alcohol encima, me llamó pero en ese momento no lo oí, estaba bloqueado, me alcanzó tomándome del brazo y volteándome hacia él, y aunque no recuerdo las palabras, sé que nos confrontamos, sé que nos dijimos cosas horribles, sé que en ese momento nos odiábamos, me reclamaba la distancia que yo ponía hasta esa noche, reclamaba que me encerrara, todo terminó cuando él perdió aun más el control y me empujó hasta dejarme en el piso, su mejor amigo llegó para que nos detuviéramos, lloraba, llorábamos, yo lo hacía como cuando tenía 5 años pero en esta ocasión mi hermano no me consolaba; y aunque en ese instante me pidió perdón, preferí seguir solo, tomé un taxi y en medio de lágrimas y mi nulo francés le pedí que me llevara a Trocadero, mi lugar favorito de todo París. y cuando llegué ni siquiera sabía por qué quería llorar, pero lo hacía, y lo hacía con rabia, con coraje, con tristeza y melancolía...estaba frente a la Torre Eiffel y no me sentía ni pleno ni feliz, pensaba en él, en la noche en la que le pedí que no me dejara, pensaba en la cara de desilusión cuando le conté sobre mis preferencias a mis hermanos, recordé cómo me molestaban en la escuela cuando era niño, todo me vino a la mente mientras las canciones en mi ipod pasaban una a una, muchas debo decir, hacían que todo tuviera un toque más dramatico; en un momento, las lágrimas dejaron de llenar mis ojos, en ese instante ya no sabía por qué continuar llorando, supongo que muchas estaban ahí desde hace tiempo, muchas eran las que me había guardado para hacerme el fuerte. Mi reloj marcaba las 4 de la mañana y el frío ya me estaba congelando, encogí mi cabeza en los hombros y mientras bajaba las gran escalera de Trocadero miraba a la torre, el símbolo de la modernidad en 1900 y hoy el símbolo del romance y el amor parisino; caminé hacia Avenida New York tratando de evitar que los pocos transeúntes vieran el drama que tenía marcado en mi ojos, tomé el primer y único taxi que pasó en mucho tiempo y 15 minutos después estaba entrando en mi habitación.
Con el sol de vuelta las cosas parecían estar atrás, olvidadas, esa tarde fue la menos nublada desde que Air France nos había llevado días atrás, yo estaba más sereno, decidí dejar mi ipod en mi maleta para poder estar más con mis compañeros de viaje. Regresé a México con nuevas ideas, intenté cosas en mí que antes no hubiera podido, me di cuenta que quería dejar de salir aleatoriamente con hombres que apenas conocía y los que la mayoría ni me gustaban ni me caían bien, pero en los que trataba de encontrar algo que me hiciera sentir bien, pues en realidad debía buscar dentro de mí lo que me hiciera sentir tranquilo.
Tras recordar aquella noche, regresé a mi mullido sillón de Starbucks con una llamada de Lorenzo que estaría ahí en diez minutos. Septiembre es visible y palpable, y aunque pareciera que estoy en la misma pista de carreras, esta vez llego a un nuevo estadio, uno que me da la bienvenida para el inicio de una nueva y excitante etapa de mi vida. Salí del Starbucks y aunque no estaba en París, Lorenzo me esperaba en Campos Eliseos para vernos toda la tarde.
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