Mi abuela era una mujer extraña, era una de mis imágenes más fuertes cuando era niño; era racista, holgazana, caprichosa, egocéntrica, se aburría con facilidad, criticaba con facilidad, malcrió a sus hijos, no soportaba a sus nietos y su amenidad matutina era beber para olvidar la innumerable serie de enfermedades que día a día le arrancaban la vida. Tenía muchos lemas, hablaba mucho y presumía más de lo que realmente era o poseía; no podíamos acercarnos demasiado, no era cariñosa pero siempre nos daba lecciones.
Recuerdo el día en que se murió y fue ese, en el que me di cuenta que la quería y que la extrañaría por el resto de mi vida. Aun cuando su ataúd siempre estuvo cerrado, pues una mujer de su clase jamás se mostraría muerta, me la podía imaginar exactamente de la misma manera en la que la veía cada vez que la visitaba: destruida pero perfecta. Se murió y nunca más nadie podrá sustituir su presencia, sus defectos eran únicos y una era terminó el día que se fue, una época en mi vida dejó de existir.
Años pasaron y el nieto de esa mujer se convirtió en un desclosetado, siempre recuerdo sus consejos, aunque la mayoría tienen un contenido no apto para débiles, y recuerdo el primer día en el que pisé el Envy, esa primera vez las cosas eran muy diferentes, aun no conocía a mis mejores amigos, aun me escondía, aun estaba despechado, aun tenía muchas cosas por las que no podía dejar el pasado.
Lorenzo me acompañó el día de la inauguración, nos estábamos conociendo, aun no estábamos enamorados, tenía algunos cuantos conocidos y el mundo gay me resultaba extraño, pero en Envy la mayoría de las personas me parecían inofensivas. Recuerdo que un día de regreso de Santa Fe pensé en iniciar este blog para hablar sobre lo que pasaba dentro de los cristales de este lugar, y así inició Asistente de Vuelo como tal.
Es chico, poco atractivo, incomodo para llegar, incomodo para estar, está mal decorado, los sillones están llenos de manchas, los meseros son poco inteligentes, los baños son inmundos, no es vanguardista, se quedaron con los muebles que heredaron del hindoo y es monótono; así es el Envy destruido pero perfecto.
Y no es que compare a mi abuela con el Envy, pues seguramente regresaría de ultratumba para perseguir mi alma y condenarla por ello, sin embargo, lo que quiero decir es que con el último de sus viernes en Santa Fe terminará una era, una época en la que las cosas para el mundo gay cambiaron, el Envy no fue vanguardista, pero sin duda le dio un giro por completo a lo que veíamos en México, nos hizo salir del ghetto en color rosa, le dio status al concepto "tengo un amigo gay, y nos invitó a su antro favorito"
Envy dejará el edificio de Antonio Dovalli oficialmente el sábado 28 de febrero de 09, dice su creador, que regresará muy pronto, pero ¿será igual? aun no estoy seguro, pero de lo que sí estoy es que su recuerdo perdurará un buen tiempo entre los gays de la ciudad, a los que lograban pasar la cadena con facilidad, a los que les costaba trabajo y los que no pudieron entrar. Le llamaron racista, lo era, e incluso el jefe de mi amigo Alberto lo criticó tanto que llegué a pensar que Envy era el Anti Cristo; pero en mi memoria puedo archivar momentos importantes de esta juventud que día a día vivo.
Vendrán nuevos lugares, mucho más espectaculares, los empresarios saben que hay un gran negocio en nuestras carteras, aun con la recesión. Vendrán nuevas propuestas, y quizá hubieron mejores, pero para mí el piso 9 de Dovalli me regaló momentos que nunca podré reemplazar.
Y siempre la recordaré sentada en el único sillón que no la encorvaba más, con oxigeno en su nariz y un cigarro en la mano derecha en la que también llevaba una pulsera de perlas rosas, diciendo disparates. Y siempre recordaré al Envy con sus fuegos artificiales y decenas de meseros torpes mismos que llevaban charolas de perlas negras a mi y a mis amigos, diciendo disparates.
Una época terminó. Adiós al Envy.