Hubo un día que lo tuve todo...
Un día tuve el amor de alguien a quien adoraba, un extenso grupo de conocidos a quienes creía mis amigos, una reputación envidiable y la fantasía con la que había soñado toda la vida.… las cosas cambian: los absolutos se vuelven relativos, y el cielo se puede trasformar en un infierno.
Apuesto a que todos tenemos algo que nos hace sacar lo peor de nosotros; situaciones en que perdemos todo nuestro altruismo olvidando cualquier tipo de bondad por satisfacer nuestras más oscuras pulsiones. En lo personal, cuando pienso en ese "algo", me viene a la mente una sola cosa; muy concretamente puedo pensar: en un lugar en el que las fantasías pueden cobrar vida, pero que el precio a pagar es demasiado alto.
-2008 fue un punto de inflexión en mi vida; era el año que marcó claramente un antes y un después. Acababa de aceptar mi nueva identidad (era un newlygay), empezaba a conocer a quien se convirtió en mi primera relación estable, y quería descubrir un mundo gay que me parecía amplio y extenso. Por primera vez me sentía cómodo con lo que era.
Me daba prisa para descubrir todo el mundo que sabía me esperaba; podría palpar las posibilidades. Pero más allá de eso, recuerdo una cosa por encima de todo: fue el año en que pisé por primera vez ENVY. -
Mi barba jamás había estado tan larga y no sabía con quién juntarme, iba a la universidad y me entusiasmaba tener amigos que supieran qué es lo que se siente. Originalmente Envy lo llamaron Private; en su momento, nadie esperaba nada especial del lugar. La mayoría pensó que sería un antro más del interminable ciclo de aperturas y cierres, que siguió al cierre de Living.
Recordemos que en la época pre-ponienteña, el Gueto Gay de la Zona Rosa era la fuente más grande de opciones. Quienes lo vivieron, recuerdan con una mezcla asco y cariño, la época en que convivía con peluqueras de Polanco, vestidas de Tlalpan, descamisadas de la electrónica, y, de manera más importante: a veces con los escasos “niños bien” del poniente o sur de la ciudad. En esa época, se vivía un auténtico auge del gueto mundo gay, que permanecía oscuro y escondido ante quienes no lo conocían. En esa época, la auto denominada “gente bien" gay, tenía una doble vida: entre semana comían con sus amigos de la escuela en Santa Fe, y los fines de semana cubeaban en Amberes, con totales desconocidos.
Pero volviendo al tema: Private en la Juarez, si bien estaba alejado del centro tradicional de la Zona Rosa, nadie nunca pensó las consecuencias que ese experimento traería. Y el día que llegué (completamente solo), tuve que esperar a que entraran los A-listers; sólo después de esperar un rato entré a esa extraña casona cerca de la Secretaría de Gobernación en la Ciudad de México.
Recuerdo la ropa que llevaba puesta, el temor de sentirme fuera de lugar, mirar que todo el mundo se conocía y se trataba como amigos de toda la vida; y aunque en ese momento me pareció ridículo el extraño ritual, jamás hubiera imaginado lo que me esperaba.
En ese momento desconocía los nombres y las reputaciones. Ignoraba los códigos de conducta y la hipocresía imperante en el ambiente elite gay mexicano. En retrospectiva, me sorprende cómo entré a voluntad y con fe ante lo que ahora veo como un nido de víboras; en ese momento,, mi inocencia era palpable. Esa noche no pasó a más; viví un fracaso total, y perdí lo que en es momento esperaba fuera un hecho fundacional. Sólo recuerdo que semanas después el mismo creador de Private inauguró Envy en Santa Fe.
El nuevo antro estaría en Santa Fe, era escandaloso: ¿un antro gay en el poniente? quebrantando el orden y las morales de la obtusa sociedad mexicana, la curiosidad y la atracción eran irresistibles.
El creador del antro no es nadie más que un ex egresado de una de las escuelas católicas más tradicionales castrantes de esta ciudad. No posee gran inteligencia, y como miles de inútiles en México, se graduó de la universidad que S.S. Padre Maciel habría inaugurado para satisfacer la demanda de “tontos niños bien”. No es muy guapo, ni muy inteligente; no es ni siquiera simpático. A decir verdad, es bastante pesado, primario y tedioso; su sentido de la sofisticación e innovación se reduce a introducir al pobre mercado mexicano lo que logra copiar de sus múltiples viajes que hace como turista a Nueva York. En verdad: ningún genio; aún así, este personaje inadvertidamente cambió el paradigma de lo que entendemos actualmente por el mundo gay.
Naturalmente, Envy fue un éxito inmediato. Como era obvio, la “democrática” mezcla de la Zona Rosa generaba la demanda para un tipo de antros distintos: antros de “gente bien”...que tuvieron la "fatal desgracia" de ser gay.
Hipócritamente, la gente ansiaba un lugar donde no los discriminaran por tomar la mano a su novio, pero sí cuando eres moreno, chaparro o más importantemente para el creador: pobres.
Instauraron una cadena (desconocido en el mundo gay), y pusieron a un cadenero que sólo dejaría entrar a la gente hermosa y adinerada. Era un paraíso…o eso creíamos en ese momento.
Soñé con ser un A-lister de Envy; después de un tiempo (y mucho dinero), lo logré tan rápido que yo mismo me sorprendo de ello, aunque en realidad destacar en un mundo tan limítrofe no es ni será la mayor de mis hazañas. Hubo un día en que tuve toda la parafernalia de la élite de Envy: la frívola y superficial manera de ver la vida: tenía un novio guapo que obligaba a que me acompañara, un extenso grupo de "amigos"; conseguíamos las mejores mesas, incluso no pagábamos por entrar como lo hacía la mayoría y mi nombre siempre en estaba en la lista.
Un viernes cualquiera la primer hora, dentro del lugar en cuestión, era inexcusablemente dedicada a saludar a todos mis conocidos; las mismas personas siempre eran mis vecinas de mesa; conocía a todos de los que me rodeaban; conocía sus escándalos, sus acostones y hasta el tamaño de sus penes, no hay nada que se ignore en Envy.
Besaba en el "cachetito" a los que me caían gordos, pero con los que no podía enemistarme, y despreciaba a los miembros de nuevo ingreso. Envy parecía una realidad paralela, un mundo que habíamos soñado después del arrabal de la
Zona Rosa. Y lo peor de todo: mi nueva vida me hacía sentir bien.
Tenía entre 23 y 24 años, y disfrutaba una segunda ronda en la secundaria; sólo con una diferencia: ahora yo estaba en la cima de la pirámide. Cumplí el capricho de todos nosotros; tuve lo que a la mayoría nos negaron en la escuela, por el simple hecho de ser diferentes. En verdad, vivíamos en "Planeta Paulina".
Todas las semanas sin falta yo estaba ahí:, emborrachándome, escuchando a la misma gente estúpida, mientras que fingía que me parecía simpática, bailar una y otra vez de la misma manera que una semana atrás, las mismas canciones que una semana antes. Cada viernes veía en loop a los señores forever que merodeaban en busca de carne fresca.
Cada viernes entraba en una eterna espiral que no puedo más que comparar con el tormento de Sísifo. Envy se convirtió en un elemento en mi vida, una vida que no me daba cuenta, pero cada vez me iba vaciando por completo. Con el tiempo abrí los ojos. El mismo proceso de ascenso, me mostró lo ridículo de un ritual que sólo sostiene a la horrible dinámica de quienes buscan validarse. Un lugar que sólo concentra hombres pequeños, que buscan ser grandes a costa de los demás.
Caí en cuenta de lo ridículo y absurdo del ritual. La exclusividad era una faramalla, las amistades una fantasía. Un sateluco podía cumplir su sueño de codearse con los nietos de infames ex presidentes; un lindavisteño podía acostarse con un bosqueslomeño…todo, siempre y cuando pudiera pagarlo.
No importa lo horrendo que fueras, o lo fatigable de tu conversación, si llegabas en el helicóptero del Estado de Puebla, podías imponer tu status. A pesar de todo lo que representó Envy en un inicio, caímos en cuenta de que no importa qué hicieras, o cómo fueras: un par de Louis Vuitton en los pies, te lo perdona todo. Cuarentones con hijos, que juegan a ser casanovas, extras de Televisa que siempre toman gratis de nuestras tarjetas, amigos que se bajan novios: escoria, tallándose con basura. Cada viernes se viven duelos a muerte, compitiendo por quién es más, de lo que nunca serán en la vida real.
Lo sorprendente, es que aunque hoy me parece una de las mayores ridiculeces de mi vida, hay hombres de 40 y tantos, que llevan 15 años divirtiéndose de la misma manera en que yo lo hacía a mis veintitantos.
Envy crea una falsa realidad que sumerge a la gente; he visto decenas de niños que como yo que caen en la confusión y sienten que son alguien por estar ahí, sin embargo, nada que se encuentra ahí vale la pena. Búsquedas de identidades, que sólo terminan en situaciones vacías. Una completa pantomima.
Envy crea mitos; personas que no existen. Hombres que se antojan y personas que cuando uno se topa con ellas por primera vez las mira grandes e inalcanzables, pero que después de un tiempo son solamente una tonta fachada.
Sus galas de aniversario son el perfecto ejemplo del séptico ritual que perpetúan; una farsa que ellos mismos alienan para asegurar un negocio con fecha de caducidad próxima.
No todo fue malo, Envy es mi mejor ancla: es la manera en la que recuerdo quién soy, y cuánto perdí por un estúpido capricho. Ese lugar que sacó lo peor de mí, pero también lo mejor.
Hace meses que no piso ese lugar (casi un año), me alejé del 95% de las personas que conocí ahí, conservé a mis mejores amigos, los que lo demostraron. Me quedé con tan pocos, que puedo invitarlos a comer y no desfalcarme. No tengo novio desde hace casi el mismo tiempo, y la mayoría de los que me conocían en esa época, hoy no me soportan. Por lo pronto, Envy continúa siendo rentable, pero pronostico una caída inminente; y su recuerdo perdurará, tan pronto exista un sucesor. Ese mundo gay al que tanto anhelaba conocer resultó ser endeble y mediocre, la comunidad gay no tiene la unión que presume tener. Y será esta la última vez que hable de Envy o su concurrencia.
Hubo un día que creía tenerlo todo.…