jueves, 7 de octubre de 2010

Las socialité

Lo pondré de esta manera: al llegar los "Viernes de RSVP del Excelsior y EL CLUB de Reforma", Victoria, la secretaria de mi jefe, por petición ex profeso, pone en display esos dos suplementos en la mesa de juntas. A las 2 de la tarde una decena de asesores, incluyéndome, estamos citados para oír los caprichosos gemidos de "lo urgente" toda la semana, pero ese día en particular, los que entran en la oficina se abalanzan por las revistas de la "gente bien" no importa qué se esté discutiendo ese día en ese lugar, no importa lo apremiante, pues "lo urgente" es realidad lo que Viviana Corcuera hizo durante la semana.


En Europa, muy lejos de nosotros existe la misma debilidad por leer artículos estúpidos sobre gente bonita que lo pasa mal; en España, por ejemplo, cualquier hijo de vecino se sabe los más íntimos secretos de sus majestades, de su sangre azul y de cómo sus hormonas los han llevado a terrenos menos divinos. Inglaterra, con una de las casas reales más escandalosas, hace vender cientos de millones de libras esterlinas en pasquines donde príncipes Windsor fuman marihuana y se tiran a cuanta rubia se encuentren. Incluso Estados Unidos, pese a carecer de una monarquía veneran a sus propios reyes y reinas de Hollywood.


Y en México donde vivimos la vie en Rose, no tenemos ni realeza, ni magnates al por mayor, ni artistas internacionales que digan cosas interesantes o por lo menos escándalos de los cuales llenarnos las mejillas de vergüenza ajena, consumimos estos suplementos donde nos ponen a "la gente bonita". No hay sangre azul, pero sí políticos y ex políticos que se hicieron millonarios a expensas de la Nación; que se hicieron de su abolengo con billetes. Viven la vida en rosa y dentro de esas revistas nos enseñan sus fiestas, sus gigantescas bodas, sus casas en la playa; nos convidan del nacimiento de sus horrendos hijos, de los cumpleaños de sus tíos incómodos. Y pese a la dureza de mis críticas, debo decir que hace mucho solía verlas y hojear una a una las secciones del instrumento en cuestión; sin embargo, me di cuenta que me aburría, y sobretodo dejé de abrirlas cuando empecé a encontrarme impresas las fotografías de muchos del mundo gay con el que llegué a convivir. A algunos los tuve cerca, sé cómo viven y también sé que muchos quieren ser las "Vivianas" del mundo gay, del Envy, del DF, y asisten orgullosos a cuando evento se les presente, orgullosos de juntarse con una falsa realeza del tercer mundo.


Vuelcan su vida para salir en esas revistas; me da ternura al pensar en lo grande que se sentirían al ver a toda mi oficina cuando leen EL CLUB, o cualquier otro parecido. Convierten su foto de perfil de Facebook en una donde aparecen en smoking, desde una fiesta a la que lograron colarse y en donde la QUIÉN hizo la reseña. "Las socialité" me alejaron de leer las revistas y suplementos que llenan los viernes mi oficina. Hubo un día en el que conocí a muchos de los que salen ahí y la verdad es que no valen tanto la pena.


El papel es un instrumento para comunicar, para destruir, enaltecer, embellecer. Nos conmueve, nos hace rabiar, nos hace soñar, nos hace llorar; el papel es lo que nosotros queremos que sea. Eso sucede también con las personas, esas que nos hacen reír y que nos hacen enamorarnos y soñar, son las mismas que después nos hacen llorar y enojar y rabiar y que nos dejan en la cama sin ganas de despertar.


"Nadie puede hacerte sentir nada que tú no quieras; nadie te va a hacer nada si tú no lo permites"... le aconsejé un día a mi hermana, y al decírselo, me di cuenta que debería de aprender más de lo que yo mismo digo.


Quizá mañana me siente a hojear como antes el RSVP.

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