La inercia del tiempo nos vuelve menos vulnerables al pasado, nos da una cínica visión de lo que pasó y nos hace cambiar de piel, por una parecida solo que màs gruesesita. Pasado el pesado verano puedo finalmente después de varios meses volver a sentarme y escribir desde el punto menos personal de mi intimidad.
Hace un par de meses cambié de trabajo y dejé el enorme edificio color arena por uno metálico y de grandes ventanas en Paseo de la Reforma; no huele a tortas ni a licuados de guayaba; todos están trajeados y no tengo horario de salida. Me gusta; es distinto, es nuevo, de alguna manera abre un nuevo ciclo en mi vida, la que a veces desestimo por monótona.
Cada mañana me reúno con mi jefe y otros tantos licenciados, mismos que parecen haber estudiado para cambiar caprichosamente de ánimo y de decisiones. Sobre la gran y redonda sala de juntas, la secretaria ejecutiva selecciona los más importantes periódicos y aunado a ellos los más escandalosos rotativos de nota roja; confieso que me he hecho un asiduo lector de ellos, el morbo que regodea ese momento es incomparable, antes solía evitarlos, pero al parecer mi piel es más gruesa.
En la portada: descabezados, desmembrados, mutilados, infartados, todos muertos por violentas e inesperadas situaciones que los llevaron a terminar con su existencia. Siempre pienso en lo que pasó por su cabeza justo antes de morir; probablemente, en el caso del descabezado, un machete. Pero ¿en el resto?
¿Terminar ciclos es un proceso con avisos y memorandums? o ¿terminan de tajo, como si los machetearamos? En los meses transcurridos desde que mi relación terminó, mi Jesús-Berlín 89, y mi resignación; muchas cosas han pasado, entre ellas tratar de volver a salir con alguien. Definitivamente encontrar un hombre es una de las tareas más desgastantes existentes desde que las máquinas de vapor simplificaron el trabajo.
¿Dónde trabajas? ¿Dónde vives? ¿Qué haces en tus tiempos libres? ¿Con quién te juntas? ¿Eres jotito? ¿Te gusta Lady Gaga? ¿Vas a Envy? ¿Eres de ambiente? ¿Qué coche tienes? ¿La tienes grande? ¿Quieres salir de viaje conmigo? ¿Cómo te vistes? ¿Te gusta tener sexo con cinco o más? ¿Por qué no contestas mis llamadas? ¿Leíste mis mensajes? ¿Por qué ya no me haces caso? ¿Te caí mal? A veces siento que estoy en un pésimo sit com gringo. Extranjeros, bisexuales, ex casados, veinteañeros, exitosos, mediocres, norteños, sureños, regios, tapatios y otras peculiaridades son las que me he topado en tan poco tiempo; es un hecho que esta ciudad está llena de nosotros y parecen multiplicar el número; hasta hace unos días pensaba que todo se trataba de no poder encontrar al indicado, a ese que al conocer se me borrara el pasado y solo "me hiciera mirar hacia adelante", pero en realidad soy Yo quien tiene el problema.
Es un hecho que cada día es un poco distinto, es un poco distante; es una oportunidad de algo nuevo, de abrir un nuevo ciclo. Porque todo el mundo habla de ciclos cuando yo les digo cómo me siento; mi mamá toma pastillas con hormonas para no perder la cordura en su menopausia, es feliz y se dedica a hacer un millón de cosas, busca amigas y ese tipo de actividades, desearía que hubieran de esas pastillitas para aliviar otros males. Supongo que los cierres de ciclos son como los barros: duelen mucho, te hacen llorar pero son dolores que se soportan, que no matan ni que te dejan en cama por muchos meses.
He leído sobre Yoga, sobre autoconocimiento, sobre gente que la ha pasado mal en la vida, me fijo todo el tiempo en el reloj para pedir felicidad a las 11:11; siempre que conozco a alguien finjo emocionarme y embelesarme, y trato de sonreír cuando tengo ganas de sentirme mal; pero el hecho es que nada de eso funciona más que el tiempo. Creo que poco a poco relataré mis últimas citas, con hombres particularmente interesantes, pero de los que no pude engancharme; a veces no puedo negar que tengo buena suerte en eso de conocer a gente, pero es un hecho que sigo dejando que el momento de leer la nota roja sea uno de los momentos más emocionantes de mi día.
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