jueves, 7 de octubre de 2010

Yo, el ocho punto cinco.

¿Me veo bien? ¿Soy guapo? ¿Estoy cachetón? ¿Me hace falta hacer pesas? ¿Necesito tener un trabajo que me pague más?. ¿Debo demostrar que tengo algo de intelectual? ¿Soy feo? ¿Soy demasiado delgado? ¿Debí crecer 5 centímetros más? ¿Tengo demasiados barros? ¿Soy inteligente o solo me creo inteligente? ¿Soy inseguro? ¿Me sobreestimo? ¿Soy demasiado joven? ¿Soy demasiado viejo?


Ahogado con millones de preguntas como esas mi mente me hace pensar, me apuñala en las mañanas y me dispara por las noches cuando mi estado de ánimo no es el mejor, cuando me entero de las andadas del pasado, cuando me fijo en los demás, cuando ando vulnerable, cuando no sé bien quién soy. Supongo que hasta la persona más hermosa físicamente ha tenido esos días en los que se siente más feo que una bolsa llena de viseras de pollo; pero para los que no lo somos esos días a veces son un eterno mal sueño.


Uno de esos días pensé en ese juego en el que le otorgas una calificación del uno al diez a la gente dependiendo de cómo se ve. Tras la dureza de mis juicios llegué hasta a mi; y en realidad no sabía qué número me correspondía, ¿en base a qué? ¿dicho por quién? pues, yo sé perfectamente lo que veo en el espejo cada mañana y cada vez que mi narcisista y neurasténica personalidad encuentra una superficie reflejante, pero ¿es eso lo que ven los demás?


Hace mucho, en aquellos tiempos prehistóricos de mi adolescencia, llegué a ponerme un cinco, un reprobatorio y rojo cinco, tan poco aceptado entre los nerds, y supongo que simplemente reflejaba mi personalidad en ese entonces; veía a los afortunados a los que la pubertad no los había tocado, los miraba con envidia porque ellos no tenían que luchar todos los días con una cara atiborrada de acné y unos brazos poco fuertes; pensaba que mi nariz le estorbaba al que se sentaba adelante de mi. Evitaba los espejos, rompía mis fotografías, y me refugiaba en mi casa, lejos de una interacción social normal; fue una época realmente fea, literal y anacrónicamente hablando. Añoraba esos tiempos en los que las hormonas no habían llamado a la puerta y en los que mi tierna inocencia derretía a cualquiera.


Sin embargo, hoy miro las fotografías de ese entonces y en realidad mis compañeros a los que imaginaba hermosos eran unos bodoques que no tenían ni pies ni cabeza, que se peinaban horrible y que seguramente olían a uniforme de colegio y sudor senza peccato. Y eso mismo me pasó hace un par de días...


¿Le gusto a quien me gusta? ¿Soy lo que buscará? ¿En qué se fijará cuando me ve? ¿El que me dejó de querer fue porque me puse gordo? En esta foto de Acapulco me veo súper chupado ¿adelgacé demasiado? ¿Soy más guapo que XXXX? Aun cuando mi contacto con el mundo gay ha sido suprimido hasta empezar a ser un outsider, sigo enterándome de la gente a la que conocía, me siguen llegando chismes, me siguen llegando fotografías por Facebook (mismo que he pensado cancelar) y la comparación injusta que hace años aplicaba a los pubertos con los que compartía salón la hago con otros tantos homosexuales a los que llegué a compartir mi espacio. Y quizá muchos sean nueves, o dieces; quizá muchos parezcan modelos, quizá sean abismalmente más atractivos que yo, pero al igual que antes, la mayoría no tiene ni pies ni cabeza.


Si bien la belleza exterior no es precisamente por lo que la gente me recuerda, sí lo es por otras cosas que los de las fotografías no tienen. He sido muy injusto conmigo mismo, y aunque es doloroso sentirse feo o poco atractivo o divagar sobre si mi superficialidad es igual a la de los demás, siempre existen los momentos en los que podemos vernos tal y como somos, sin más ni menos.


Todo el tiempo calificamos a propios y extraños; somos los más feroces jueces cuando se trata de la efímera belleza, y poco hacemos para acordarnos de mirar lo que en realidad necesitamos; mirarme en el espejo y pensar que mi existencia es voluble o debatible según la condición de mi cutis, o lo que soñé el día anterior, o porque no le gusté a "fulanito" han terminado por cansarme.


Ser un 8.5 o un 7 o un 9 nunca es definitivo en la manera en la que otros te ven, pues no importa cuántas veces te digas que eres un 4 si existe alguien que te considere un Diez.

2 comentarios:

Jetta 2004 dijo...

En alguna ocasión me sentía celoso de un individuo más joven que yo. Lo comenté con un amigo he hice una analogía a los coches para describir a este niño (algo parecido a tu sistema de calificación, pero con coches).

En virtud de que en el fondo se me hacía una persona sin chiste, sin nada que aportar, algo menos que yo, y solo más joven, lo comparé con un Chevi 2007.

A esa analogía, mi amigo me respondió: “Bueno, tu no eres un Mercedez Benz… tu serías un Jetta 2004.” Me puso los pies en la tierra.

Cualquiera que sea el sistema de calificaciones (por analogías o por puntos), no solo tenemos que calificarnos físicamente. También hay que procurar otras cosas que en el puntaje general, sean cosas que suban el promedio.

Como dijo una conocida: "Tal vez no sea pinche Angelina Jolie, pero no estoy de mal ver, soy simpática, amable, divertida, lista, segura,..."

Bye

AG1985 dijo...

Me encanta la elocuencia con la que me escribes, tienes toda la razón Jetta 2004.